Ediciones de la Flecha

Ediciones de la Flecha

10/31/17

Recortes I

En Teatro cubano: relectura cómplice (Ediciones de la Flecha, 2010) se habla de la obra teatral de Carlos Montenego publicada por La Verónica en 1939: Los perros de Radziwill,  drama en tres actos, a la que no volvería de no ser por estos recortes. Otro espectáculo con guión de Montenegro fue Tururí ñan ñan que también se anuncia, sobre el que leído existen dudas acerca del título. Al menos con ese se dio a la publicidad.  Estén al tanto de los Recortes para ampliaciones o desacuerdos sobre los libros.

Colección del periódico Hoy. Digital Library of the Caribbean.

10/14/17

Sobre Francisco Covarrubias

Portada de la versión para Kindle
Muchos saben por qué se titula La chimenea encantada (Ediciones de la Flecha, 2017) versión en papel (137 p.) y para Kindle pero los dejo con el misterio. Después de mi recorrido sobre el aporte del intérprete al teatro cubano –con Luisa Martínez Casado en el paraíso en el 2011, Cuba entre cómicos: Candamo, Covarrubias y Prieto (con Manuel Villabella que ha estudiado esencialmente a Candamo)  y Cuba actores del XIX,  es casi obligado ¿terminar? con Francisco Covarrubias (1775-1850),el actor de obras desconocidas que funda el teatro de la isla.
Un periplo desde el asombro ya que  jamás pensé hallar tanta bibliografía, tan abrumadora referencia a estas figuras y a sus contrapartes españolas, también poco estudiadas.  Consciente de que falta mucho, alegre por los libros de mis colegas (algunos de estos reseñados aquí), percibo una creciente indiferencia hacia el pasado teatral que sin embargo no detuvo los estudios de José Juan Arrom, Jorge Antonio González, Yolanda Aguirre,  Rine Leal ni  Matías Montes Huidobro. Y la lista podría completarse con  los nombres de Raquel Carrió, Enrique Río Prado,  Manuel Villabella, Elina Miranda,  Magaly Muguercia, Miguel Sánchez León,  Esther Suárez y Cristóbal Díaz Ayala cuya persistencia es milagrosa. Y todos los otros que omito para que este post no sea la guía telefónica.
Covarrubias aparece  a cada rato en cualquier publicación con los mismos consabidos epítetos. Con su capacidad de fabular, Rine Leal en  "El hombre que rara vez reía" pp. 136-163, aventuró un retrato del cómico  partir de los escasos datos encontrados de su biografía. Se  atreve a juzgarlo: "embriagado por los honores de más de cuarenta años, olvidó su propia vejez y decadencia y "los rumbos diferentes que tomaba el teatro cubano".  Al parecer no es exclusivo de Covarrubias ya que siempre las exigencias de "los nuevos rumbos" intentan sepultar lo anterior y  enterrarlo. Cuando Bachiller y Morales escribe sobre él ya es un olvidado, Mitjans no cree siquiera  posible encontrar rastro de las obras, no sólo de las de Covarrubias  –probablemente «desacreditadas» por él mismo – así que aparte del recuerdo de Bachiller, los datos más hermosos sobre el cómico se encuentran en un libro sobre los cementerios, un diccionario biográfico publicado en Nueva York y en las páginas de los periódicos. Y de no ser por el comediógrafo  José Agustín Millán, no hubiese quedado ni rastro de su andadura.  Hay que esperar a 1928 por la biografía de Larrondo y Maza y a 1959 para que se nombre Covarrubias la sala más pequeña del Teatro Nacional.

En el libro incluyo  décimas y sueltos con los que convocaba al público a sus representaciones, en la versión para Kindle, por el formato, algunas menos.  

9/25/17

Nuevos verycuetos de Cueto-Roig

El tercer tomo de  Verycuetos, de Juan Cueto-Roig, tan voluminoso como el anterior (359 páginas sin el índice), publicado por Silueta, contiene como siempre traducciones, avisos, crónicas, crítica, reseñas, entrevistas, recuerdos, citas gastronómicas-literarias y mucho más, como esa recurrente preocupación por la muerte ("De esquelas, obituarios y ritos fúnebres"). Hay  despedidas  y  recuentos biográficos, entre ellos sobre  Blanca Varela, Olga Andreu y Eduardo Moure, este último,  con una excelente y triste entrevista a su viuda y una muy útil cronología de su quehacer como actor.
Si a ello sumamos que Cueto-Roig es uno de los más enterados del quehacer de su entorno y  previene de una buena película, un libro o un buen  espectáculo de teatro, ópera o ballet con una reseña  y que sus verycuetos están ordenados por fecha y  materia, nada más útil y de agradecer. Yo la primera. Cueto-Roig ha sido más que lector,  crítico y  promotor de los libros de la Flecha, que tienen tan escasa divulgación. Los que no vivimos en Miami sabemos por él  no de los datos habituales de los periódicos –con otros requerimientos– sino de la opinión que el escritor  podría confiar en una tertulia, dentro de un círculo  íntimo y en un ambiente más relajado, a veces festiva o satírica, pero siempre respetuosa. Advierte:

No busque el lector  crítico y severo
erratas ni dislates en mi texto
Búsquele al gato  el quinto miembro o sexto
y no a un libro que he escrito con esmero.

Tres reseñas sobre los  espectáculos de Nilo Cruz ponen al día sobre sus estrenos entre  el 2013 y el 2016, entre ellos uno que no le gustó demasiado. O su  recuento sobre Miami cultural. Traducciones de poemas de Cavafis, Cummings y poesía original del autor y ... no entro en más detalles para no aburrir porque sus verycuetos no aburren. Mi entusiasmo por su rigor y su constancia no decae desde que los verycuetos y yo nos encontramos hace nueve años. Como abrir una caja de Pandora, con él uno se entera de por qué Martínez Páez no decía dónde había nacido, te sorprende con los matices que encuentra en una lectura que has hecho antes o entreabre una puerta que conduce a su mundo más personal, cartas, poemas y evocaciones de lugares y seres queridos,  desde esa «sincera eticidad» que Pío Serrano advierte en la nota de contra portada.

8/15/17

Ichaso ante un busto de Pous

Enrique Arredondo fue un apasionado de Pous a pesar de que no lo conoció y en sus memorias cuenta que desde  1937 quiso  erigir un busto a la memoria del actor. Pero la idea demora en materializar  hasta el 30 de abril de 1950 cuando se coloca el busto de Carlos Era Yero en el parque próximo al teatro Terry en Cienfuegos. Francisco Ichaso lo vio actuar en su niñez, asiste al acto, pronuncia un discurso, y escribe este texto  (Diario de la Marina, 4 de mayo de 1950) que la revista Prometeo reproduce en su número de mayo-julio de ese año. En otra entrada de hace mucho tiempo comenté un artículo suyo publicado en la revista de avance sobre Kid Chocolate en el camino hacia la liberación del negrito. Y en otro, su idea  del embullo.  Pous representó con dignidad y excelencia tanto la liberación del personaje como su contagiosa alegría. El destino final del busto instalado hoy en el Terry, se comenta en detalle en el libro de Río Prado ya reseñado.

 

Ante la estatua de un mimo

Francisco Ichaso

Cienfuegos acaba de  erigir un busto a la memoria de Arquímedes Pous.  La modesta escultura ha sido colocada en el Parque Martí, frente por frente a la fachada del Teatro Terry. Emplazamiento justo, pues en ese antiguo coliseo lleno de tradiciones soñó y actuó con juvenil entusiasmo el malogrado comediante cienfueguero.
“La posteridad no teje coronas a los mimos”, se ha  dicho. En efecto, la gloria de los histriones es como una llama fugaz que vive lo que el pabilo que en ella  y por ella se consume. Por un Yorik, inmortalizado por Shakespeare, por un Garrick o un Talma o una Guerrero, cuyos nombres repiten las generaciones presentes  con un entusiasmo un poco rutinario, ¡cuántos actores y actrices ilustres sepultados en el olvido! Paul Gsell ha recordado a este respecto la anécdota de aquel Falguiere, escultor  famoso, que durante el sitio de París en  1870 entretuvo su angustia modelando en  la nieve que cercaba su trinchera una estatua de la Francia martirizada. Tan pronto brillaron los primeros
rayos del sol primaveral el níveo monumento se deshizo. Los comediantes tienen por misión fabricar estatuas de nieve,  condenadas por su propia naturaleza a una vida fugaz. Las generaciones contemporáneas exaltan al comediante mimado hasta un plano casi divino. No se conoce nombradía más clamorosa, más envanecedora. Las generaciones siguientes, atenidas a la tradición oral, prolongan la fama por inercia. Las otras generaciones tienen una ineluctable misión archivera. A partir de ellas el histrión insigne es una nombre, una ficha,  la sombra de un mito.
Para rescatar al artista teatral del olvido no hay más que un medio: llevar su gloria de un día a la perpetuidad de la piedra. Eso ha hecho Cienfuegos con Arquímedes Pous, autor, actor, director y empresario del teatro vernáculo que durante más de una década proveyó a la ciudad de esa alegría sana y ese romanticismo espiritado que resultan tan necesarios a la vida del hombre como las bienhechurías materiales.
Tuve el gusto de proclamar en mis palabras el mérito de un miembro del Consistorio cienfueguero, la señora Justina Hernández que presentó la moción del “memorial”, de Nick Machado, el querido compañero de La Correspondencia, que secundó la idea y le  brindó eficaz cooperación, y del alcalde Sueiras que comprensivo y delicado, la viabilizó económicamente.  No son muchas las autoridades municipales que se movilizan tan activamente para estos empeños de  edificación cultural.
Arquímedes Pous fue un artista popular. Esbocé en mi breve "discurso" un paralelo entre su “caso” y el de aquel Francisco Covarrubias a quien podemos considerar como el Lope de Rueda de nuestra escena vernacular. Pous, al igual que Covarrubias, nació en un hogar de clase media, se educó en un buen colegio privado y trató de estudiar una carrera. Pero la vocación histriónica no  le permitió seguir tan “razonables” senderos. Con gran disgusto de sus familiares, Pous dio un día el salto al teatro profesional y ya quedó ligado  a él para siempre.

7/28/17

Arquímedes Pous historiado

En una breve etapa de dieciséis años, Arquímedes Pous, deja no sólo una producción teatral y musical abundante y rica, sino lo más importante para un actor, un mito. Cienfueguero como Luisa Martínez Casado, nacido en 1891, en una familia de prósperos comerciantes, nada podía anticipar que ya en su niñez, el futuro actor improvisaría pequeños actos  en la casona de Velasco 32, ni que  con rapidez se convertiría en un actor popular, director y empresario cuando como Covarrubias abandona sus estudios de medicina, se relaciona con la farándula habanera  y sale por primera vez a escena acompañando a Consuelo Portela, la famosa Chelito, en el Actualidades en 1909.
Enrique Río Prado en su premiado libro Arquímedes Pous: una vida para el teatro cubano (Editorial Tablas Alarcos, 2016), rectifica el año en el que la cupletista, que se buscaba la pulga debajo de su mantón, conquista La Habana y sale de gira con el joven que no teme al escándalo. No sería justo abundar aquí en cada una de las  facetas del libro, que repasa la vida y obra de Pous, casi desconocida, no sólo como actor y creador de famosos duetos, sino como autor de la célebre obra seriada con el personaje de Pachencho  Papá Montero y otras muchas representadas en sus incesantes giras por toda la isla y también  Puerto Rico, México y los Estados Unidos. Solo su labor en el Teatro Cubano –empresa con Eliseo Grenet y Pepe Gomis– bastaría para situarlo y sin embargo juntó colaboradores eficientes y talentosos, acometió otros proyectos, grabó muchísimo  e hizo pareja  con Angelita Martínez, Conchita Llauradó y Luz Gil.
Otro acápite revelador es el de sus aportes como negrito, aunque representó una gran gama de personajes  del galán al gallego y el borracho. Para Río Prado la clave fue su versatilidad, “los despojó de estereotipos falsos y exageraciones caricaturescas al otorgarles una naturalidad hasta entonces poco vista en la escena vernácula”. En 278 páginas, y con numerosas ilustraciones, Río Prado –con el rigor acostumbrado– reúne datos apreciables, revisa el paso de Pous en la revista El Teatro Alegre, los periódicos, la crítica  y la discografía de Díaz Ayala, nunca antes recopilados. Destaca junto a su gracia y ductilidad como actor, su arista de autor de más de 300 piezas anotadas en el catálogo. Su muerte antes de los 35 años tronchó un talento extraordinario.
El libro cierra con una cita de Sánchez Galarraga que en 1929 rectificó su insultante valoración del Alhambra y otros teatros de variedades en su charla “El arte teatral” de 1916.  “Arquímedes tenía un entendimiento genial y un respeto profundo al decoro de las tablas”.

Arquímedes y Conchita en un diálogo cómico

6/23/17

El circo en Cuba

En su documentado  El círculo mágico: orígenes del circo en Cuba 1492-1850 (Editorial Oriente 2016), Hilda Venero de la Paz, recorre el devenir de esta manifestación  con conocimientos de primera mano. Integrante con su esposo José Cruz del dúo de equilibrio Los Adolain, escribe con  pasión y  serenidad.   Cuando repara en el significado de la palabra “cirquero” logra  emoción y altura,  el vértigo  propio de su experiencia, algo lastrado por esa ya antigua  queja sobre los que no han encontrado “trascendente”  el circo,  cuentan sobre  “miserias y de vidas absurdas”, desconocen las  nomenclaturas antiquísmas o  no han revisado  incontables bibliografías. Sus reparos son aplicables a otras disciplinas.  El investigador escoge lo que le parece relevante,  ya sea  la miseria en la que vivieron  Santiago Candamo o Virgilio Piñera y la  dificultad con  las “nomenclaturas” explica por qué el estudio del  ballet es una especialidad y  la zarzuela y el lírico  un coto aparte. Pero si se estudia desde el espectáculo, hay que saber  distinguir entre Robleños y Robreños. El estudio de  la práctica del actor ha sido tan preterido como la del funámbulo. 
El límite de las artes del espectáculo es un tema de interrogación permanente y hubiese sido provechoso que por su  complejidad Venero estableciese el suyo. Para Tadeusz Kowzan es esencial determinar si  el hombre sale del campo visual (como en los juegos de agua o los fuegos artificiales) pero  aún sin esa presencia, los  clasifica  como espectáculos.  El circo como el music hall  suma elementos de procedencia muy diversa y en dependencia del criterio, es un espectáculo, sin  lo que llama afabulación, una fábula desarrollada en el tiempo.
El libro   se suma a una escasa bibliografía de estudios sobre el circo, integrada a saber porMuy buenas noches, señoras y señores... de Rigoberto Cruz Díaz (1972),  testimonio  sobre el circo La Rosa,  El arte circense en Cuba, de Miguel Menéndez Mariño, de la Colección Tablas-Alarcos, y El circo a través de los años (El Artista, 1945), del periodista Jesús Sánchez Valcayo,  reportaje a partir del diario de Pablo Santos, empresario con Jesús,  del famoso Santos y Artigas.  Todos están fuera del marco temporal de El círculo mágico...  que analiza alrededor de cincuenta años, a partir de 1799 cuando se introduce en Cuba el circo moderno creado por Philip Astley en Inglaterra, hasta la inauguración y los primeros tres años del Teatro del Circo con  capítulos generales dedicados a la cultura circense,  el Circo Romano o el papel del británico Astley. No encuentra nada significativo para su estudio en la etapa precolombina pero sí aclara que por la condición de isla y llave del nuevo mundo  tuvimos  circo antes de México.  Un aserto luego  rechazado es la suposición de que artistas ambulantes participan en las ceremonias del Corpus Christi aunque  la Tarasca se parece mucho a las «cabalgatas». Al no situar límites muy precisos, todas las manifestaciones del espectáculo (incluidas las religiosas) tienen elementos comunes.
Mis únicas observaciones son las referidas al teatro. Se habla de un Coliseo  ¿Provincial? con bastante insistencia cuando tendría que ser en todo caso Provisional  a veces escrito Provicional o es una errata como seguramente los Robleños y se decanta por nombrar a los personajes de manera diferente a como han existido en las bibliografías.  También  juzga  muy rigurosamente a Buenaventura Pascual Ferrer  (1772-1851), al que considera el primer censor o enemigo del circo. En su  Viaje a La Habana  este registra, en forma de cartas, el estado de las  diversiones públicas: los toros,  los baños,  los bailes y el teatro. Ventura  lo considera  parte esencial de la cultura de un pueblo, pero determina que si esta se conoce por el teatro, la de la isla “se quedaría muy inferior”. Y también hay una cita sobre el tema de El círculo... “no dejan de concurrir también por temporadas volatines, titiriteros, santimbanquis, toda especie de charlatanes, que giran por Europa. Hacen en esta ciudad  sus representaciones y  pasan a México o a Perú.”    Dado que la obra se publica entre 1795 y 1801, se puede suponer la fecha del  trasiego de estos artistas. La Revista de Cuba, dirigida por José Antonio Cortina, (1877) reproduce, con una nota bibliográfica de Eusebio Valdés Domínguez,  estas cartas, pero ese mismo rigor, si se quiere inflexible,  caracterizó su escrito sobre el teatro, la ópera, la pantomima y las costumbres.
Por supuesto que en una época en la que el espectáculo es un continuum de distintas manifestaciones,  el circo se apropia de  la pantomima. Así Arlequín esqueleto, se representa en 1792 y en 1800. El 27 de febrero de 1787 hay un Arlequín esqueleto en el Teatro de la Cruz de Madrid y  entre 1810 a 1832 el Diario de Avisos está lleno de referencias a este título como también  a la muerte de Arlequín, en ambas Arlequín muere de un pistoletazo, cuando Pantalón lo sorprende robándole a Colombina, un astrólogo  disecciona su cadáver,  recobra la vida y se casa con Colombina. Los personajes de la comedia del arte italiana del XVI y el XVII llegan a todos los países europeos en donde toman en ocasiones otros nombres. Arlequín se corresponde con los zanni de la comedia italiana y para muchos es el antecedente más lejano del negrito del bufo cubano. A Buenaventura Pascual Ferrer no  le agrada porque  “la pantomima por sí es una cosa pesada y soñolienta, pues los gestos solo pueden agradar, si se expresan bien, un fastidio inmenso  que sólo divierte a cuatro babiecas que se quedan elevados mirando al payaso cuando abre la boca, cuando echa a correr y cae, o cuando le dan un latigazo en las espaldas. Ningún hombre de razón puede gustar de esas insulseces y frivolidades...”.   Como hombre de la ilustración  en su sentido más rígido,  favorecía la obra dramática por encima de la pantomima porque “el objeto de la representación debe ser divertir el espíritu declamando contra el vicio; y no mover una risa indiscreta en el pueblo haciéndole adquirir un mal gusto en sus diversiones”. No me extrañaría que Arlequín... contase con  elementos propios del circo,  pero no  se indica cuáles, sobre todo, cuando trata de  forma tan ligera  la comedia del arte italiana o el personaje del gracioso. Buenaventura no es un censor sino  el primer crítico teatral del patio. No se trata de vituperarlo  o admirarlo,  sino de entenderlo. Gracias a su prosa  sabemos algo de las representaciones.  Para Valdés Domínguez “El regañón supo presentar por primera vez artículos verdaderamente literarios de crítica teatral, refiriéndose a la escena habanera que ayudaron mucho al mejoramiento del gusto estético de actores y espectadores”. 
 Cerrado el Coliseo en 1788 por su estado ruinoso, el contratista de espectáculos Eustaquio de la Fuente ( también citado como Eustoquio), recluta actores para el nuevo circo- teatro del  Campo de Marte,  llamado así porque para abaratar los costos, allí había una gradería del circo anterior.  En sus inicios sus intenciones parecen  inclinadas a mantener espectáculos de ese carácter,  con funciones a beneficio del “pallaso”, pantomimas y funciones con caballos, pero ya  en agosto los escuderos se han fugado y Fuentes anuncia en el periódico la venta de los animales. Trae al profesor  Juan Gaillet (Guillet en Aguirre) y lo aprovecha para bailes de maroma y bailes de cuerda floja con Mr. Andersen. Yolanda Aguirre en Apuntes sobre el teatro colonial, (1967) repara en algunos, y aunque la ortografía no puede ser uniforme, leemos papeles muy deteriorados, son los mismos personajes.  Recordemos que  La selva oscura se nutre en buena medida de las investigaciones de Arrom, Aguirre y  los Anales de Jorge Antonio González. 
El primer Circo donde debutan los Cómicos del País, luego Cómicos Habaneros, no es exclusivamente  circo, si seguimos las mesas censorias sobre las diversiones del Regañón, incluso la citada (p.102) y este se escandalizó  también por  hacer comedias en «semejante paraje», sobre todo porque la lluvia impedía el acceso,  queja que se mantiene en el Circo de 1847.
Ninguno de estos comentarios al vuelo debe empañar mi enorme respeto por una búsqueda tan acuciosa ni por sus reales hallazgos. Entre estos la llegada del artista ecuestre sueco Felipe Lailson, reseñada en el Papel Periódico de 1799, que ha sido pasada por alto por todos los historiadores. El año anterior giró por los Estados Unidos con un grupo de jinetes y amazonas y la pantomima “La muerte de Bucéfalo”.  Ese año aparece pallaso  en la prensa.  Como quien solventa un rompecabezas, Catalina Vanice, mima para Aguirre y Leal, es además amazona.  Ese año se muestra un elefante en el cuartel de milicia y el anuncio del paquidermo ilustra la noticia con las palabras "Animal ignoto en la isla". 
En 1850 el circo es tan importante como la ópera. Narra Venero de la  Paz que Macallister es el único prestidigitador que ha superado a Alexandr Vattemare con nueve funciones en el Tacón con su esposa, tiene un grabado muy hermoso como anuncio, hay dos compañías ecuestres, la de Mr. Bernabo y la cubana, dirigida por Escopeletti con caballos del país muy lindos y jinetes regulares, el primero en presentar caballos criollos según se dice, así como los acróbatas americanos de Franklin, han dado 175 funciones de distintos géneros.
Acompañado de un índice onomástico y una selección de imágenes,  bella portada y emplane,  los  dos o tres descuidos de la edición  pueden pasarse por alto en aras de lo mucho que hace este libro por reivindicar el circo.

5/8/17

El juicio de la quimbumbia de Pineda Barnet

Dibujo de José Luis Posada
Al fin, revisada por su autor, El juicio de la quimbumbia, de Enrique Pineda Barnet, está disponible en Amazon. Recibe una mención en el Concurso Casa de las Américas 1964 –cuando este hacía público esas selecciones–  y se ha mantenido inédita y sin representar desde entonces.
En el teatro cubano, el juicio  es una tradición como la del velorio. De la festiva acusación al danzón en el bufo El proceso del oso, de Ramón L. Morales (1882) a la diligencia judicial en La sombra, de Ramón Sánchez Varona (1937), el lector sabe que hay juicios  en Falsa alarma (1948) de Virgilio Piñera,  El caso se investiga (1957), de Antón Arrufat, El juicio de Aníbal (1958), de Gloria Parrado y en Los perorantes (1957), de Ezequiel Vieta, entre otras, por no hablar del juicio supremo, el del programa radial más popular,  La tremenda corte. En La crónica y el suceso, de Julio Matas, publicada ese año, el  Autor-personaje no puede escribir el tercer acto porque ha sido asesinado  y la Audiencia es un “tinglado” improvisado de la obra que nunca llega a terminarse.
Pero quizás ninguno tan exuberante y surrealista como el de Barnet donde el mismo lugar de la acción se difumina entre sala de justicia y hospital que hace decir/ pensar al  ESCENÓGRAFO: “ ¿Esto es la sala de un tribunal de justicia? ¿Es un hospital o es la capilla de un convento? Es una cárcel de provincia o el garito de una casa de juego?"
Si sumamos intervienen  más de setenta personajes, es un gran espectáculo que utiliza copiosos medios: desde la participación del público a la incorporación de títeres, dobles, baile, pantalla de cine para proyectar filmaciones, entre otros.

Enrique la escribe en 1958 y la lee en el recién inaugurado Teatro Estudio, cuatro años después de su participación como actor en el montaje de Lila, la mariposa, de Rolando Ferrer, dirigido por Andrés Castro en Las Máscaras, con un reparto formidable y escenografía de Raúl Martínez. Se dice fácil pero un comienzo así es una marca.   De esos años data su relación con la Olympia de la obra: Olga Connor (Olga Fernández Villares entonces), responsable de su recuperación actual. Las cartas intercambiadas entre Violín (Enrique) y Olympia (la enfermera lírica del texto) en la edición, recrean aspectos de esa amistad y de la obra que Olympia  sintetiza como "aspectos de la locura cubana".
Pineda Barnet me ha enviado estas notas sobre de la pieza.
 Los jueces están juzgando un acto de revuelta, que el fiscal presenta, pero en la forma en que el autor desarrolla el juicio, hay una lentitud cruel, una ironía justiciera en los trámites y la cantidad de peripecias.
Aquí se ve la alternativa entre los leales a una causa y los que la traicionan. Hay la crueldad de jueces, fiscal y policías, pero también de lapoblación. Entre la rumba y la comparsa, se busca la justicia y la humanidad, sin que haya éxito. Lo más importante es el desarrollo, con tantas acotaciones para la escenografía y los actores que da la impresión de un filme en ciernes. Pero no hay tal, es drama purísimo, que convierte a los actores en público y al público en actores.”

Con mucho acierto, Norge Espinosa señaló en la presentación habanera del volumen, su vínculo con la experimentación de esos años.

Era un momento en el cual el teatro cubano iba entrando de lleno en una discusión que luego estallaría de modo espectacular: ese debate entre realismo y nuevas tendencias que apelaban al absurdo, a la crueldad, al teatro documental, al surrealismo, que desató enconadas discusiones y, lamentablemente, terminó con el corte abrupto que en los años 70 desterró gran parte de lo más provocador de nuestros escenarios.
1964 es el año de Maité Vera con Las yaguas y José Ramón Brene con El gallo de San Isidro y Fiebre negra, también del estreno de Contigo, pan y cebolla, de Héctor Quintero. El momento en que  autores “de transición” reconsideran y reformulan sus presupuestos con amargo escepticismo. Carlos Felipe en Los compadres y Rolando Ferrer en Las de enfrente. Se publica Los mangos de Caín, de Abelardo Estorino y en la Casa de las Américas se realiza una mesa redonda sobre el ¿Teatro actual?  El juicio de la quimbumbia nace en esa encrucijada y plantea, fuera del teatro de cámara o el costumbrismo, retos entonces insalvables ya que los grandes montajes de los sesenta (de El baño de Mayacovski a El círculo de tiza caucasiano, de Brecht), van quedando atrás por razones fundamentalmente económicas. Pero no estoy segura de que por ese motivo haya pasado inadvertida durante estos años.
De lo que estoy segura es que son muchísimas las obras inadvertidas y/o nunca publicadas. Soy responsable de una de estas porque cuando leí Cambula, otra obra  excelente de Pineda Barnet, preparaba una antología de obras cubanas sobre el tema de la mujer donde estaba también Ana, de Ignacio Gutiérrez y muchísimas otras. Pero la editorial canceló el proyecto y yo la olvidé. Ana se representó dirigida por Dumé. Quizás  pueda rescatar Cambula como ha hecho Olympia o las nuevas Olympias reparen en los vacíos que otros dejamos.


8/12/16

Diez años (2006-2016)

Cuando tuve al fin  mi blog,  el 13 de agosto del 2006,  había publicado en Gestos un conjunto de crónicas, recogidas inicialmente para la editorial Alarcos, con notas y artículos breves, pero ningún libro nuevo.  Ediciones de la Flecha comenzó en el 2010, después de diez años en los que investigué, releí, consulté y pensé en el teatro cubano. Un libro te lleva a otro. La mayoría  requiere  actualizaciones, otros se han fundido en el siguiente. 
Alguno ha tenido mejor suerte. Todos me han dejado satisfacciones. Conocer mejor en la distancia a Luisa Martínez Casado o conversar de las salitas y sus personajes  con Francisco Morín.  Ninguno ha cumplido su aspiración a cabalidad: dialogar con los interesados en el mismo tema.
De  investigar los procesos de creación, asistir a ensayos y festivales, y explorar el teatro vivo, me ocupé del libro, el manuscrito,  el documento, de conocer en persona a los teatristas y promoverlos por vocación y por responsabilidad,   me acercaba  con temor y muchas  dudas, a la historiografia, para intentar culminar un recorrido, dejar mi huella, seguir los pasos de otros, rescatar eso que con tanta levedad se llama memoria y no consiste en cuántas veces nos visitó la Bernarhdt o cuánto o mucho fuimos influidos por Arderíus, sin saber que otra vez elegía la asignatura más despreciada de las escuelas teatrales y los institutos de investigación.
Hasta aquí el blog ha sido un complemento, compañía,  alegría, una manera de hablar sobre mis preferencias  y las de otros y compartir  hasta dónde ha sido posible hallazgos y dudas. Sin embargo, mientras más me adentro en esta zona –Cuba: actores del siglo XIX  continúa Cuba entre cómicos... (con Manuel Villabella)– el blog es más una obligación que un juego, un deber y no un placer ya que pareciera rechazar esa temática, requerido de novedad. Muchos llegan aquí desde Facebook, donde como saben, se recomienda un texto, un enlace, pero no hay profundidad.
Tengo más proyectos que los que se han ¿terminado? en diez años y necesitaría otra vida para culminarlos, pero no va a quedar por mí. En Escritos de teatro... redescubrí al Conde Kostia y me quedé perpleja: el escritor  que más escribió sobre el teatro cubano tiene solo un libro póstumo, por encargo, con sus últimas crónicas, hecho para cumplir. En mi época se llamaban libros de consolación. También en  1850 José Agustín Millán culminó así la biografía de su amigo Francisco Covarrubias. La selva oscura, de Rine Leal, primer tomo, ha cumplido cuarenta y un años.Yo tenía  veintiocho y en una redacción desde donde nos miraba la giraldilla,  Noel Navarro me facilitaba los pasajes para ir al Escambray. Desde entonces hasta hoy, en los libros, viajo acompañada de esos recuerdos.
Pero el país y el mundo son otros. En el Escambray, en La Macagua,  está Roberto, en el fin del mundo, actor de primer nivel,  gana 640 pesos y lo prefiere porque se hace teatro "realista". Si se aburre mucho, juega a Call of Duty. Y en Miami o La Habana, en dependencia de Jet blue, reside Legna, escritora premiada, que extraña su i-phone 5 y cree que todo el mundo reside en Facebook.

Algún día ellos también se aburrirán de sus video-juegos, el i-phone 5 será, si no lo es ya, obsoleto y querrán saber quiénes fueron Rine Leal y el Conde Kostia. Pero antes que el blog muera de muerte natural, es mejor cerrar la tienda. Confío en Way Back Machine si hay algo que recuperar. Les agradezco a todos  y  como la flecha es adictiva, en algún momento I'll be back.

8/11/16

Fruslerías

No es el nombre de una tienda o una juguetería, ni el de un perfume (después de todo existe El jardín de las bagatelas), sino de un libro. Según mi viejo diccionario de sinónimos, fruslería es pequeñez, nimiedad, bagatela, futilidad, friolera, futesa y nadería. Fruslerías es el último título de Juan Cueto-Roig, publicado por Silueta. Breves y humorísticas, las narraciones y viñetas del texto (elucubraciones, divertimentos y contracuentos)  son una fiesta y no quiero perder la oportunidad de comentarlo con la esperanza de que sea disfrutado como corresponde ahora que proliferan las editoriales minúsculas, el mundo nano y diminuto, pero desgraciadamente no el de la brevedad. La brevedad con sustancia es lo mejor que puede pasarle al escritor. Y explorar el mundo del juego y el universo  lúdico, una de esas metas para otros inalcanzable. A Juan Cueto-Roig  le surge la espontaneidad (revisen los Very-cuetos), el juego de palabras y el juego con el lector en sus divertimento. Contiene un poco de todo, como en quincalla, dice la nota de contra cubierta,  como en aquellas  alcancías del artesano, escritas por  un coterráneo de Cueto, nacido no en Remedios, pero cerca.


8/3/16

Diez años: el teatro reunido de Reguera Saumell

Desde hoy hasta el 13 de agosto –diez años del blog– comentaré algunos de los temas en camino o que están en el tintero no con ánimo celebratorio, ya que a diferencia de lo que muchos piensan, la internet es más hostil, los blogs se leen menos y la mayoría prefiere dos líneas de tuits o una llamada personal en facebook. Pero agradezco mucho a mis 18 seguidores (2 en la Flecha II) y sus 155 730 páginas vistas y a los  que se han interesado por la autora y por sus libros. Cuando  cierre el 13 su primera etapa,  me ocuparé de revisar las erratas y los errores así como me entretendré en  borrar las entradas que han caducado. Pero tal vez alguno de estos proyectos interese a alguien para colaborar y/o retomar. 




Está en camino el teatro reunido de Manuel Reguera Saumell, y digo  así y no completo porque el propio autor  cree que es mejor no  incluir Copérnico o la coyunda, que le resulta una pieza demasiado ambiciosa, ya que al mismo tiempo es una historia de la república, con cantos y melodías que sólo entenderían los cubanos «antiguos». Y aunque la decisión no está tomada, es mejor no excluir Copérnico... al menos  por ahora cuando se trata de agrupar y no de seleccionar una  zona importante del teatro de los sesenta que como la de algunos otros  no se incrementa a partir del exilio. En Barcelona, sobre todo, Reguera Saumell escribe narrativa.
Publicar teatro no es coser y cantar, sobre todo,  cuando el autor ni siquiera tiene todos sus manuscritos digitalizados y en muchos casos, he (mos) trabajado con ediciones previas, que habría que cotejar preferiblemente leyendo  a dúo  parlamento a parlamento.  Así están  terminadas  y con una primera revisión  Sara en el traspatio, El general Antonio estuvo aquíLa calma chicha, Recuerdos de Tulipa y La soga al cuello,   ya que  Propiedad particular y La hora de los mameyes (escrita para la televisión) se consideran perdidas. Maquetar un volumen de muchísimas páginas es otro de los escollos. 
Agradezco a Carlos Espinosa Domínguez su colaboración en la  transcripción de uno de los textos y a Daniel Fernández  la fotografía. Y a Reguera siempre su confianza y su amistad.


6/1/16

Teatro arena 1952


En Por amor al arte. Memorias de un teatrista cubano, Francisco Morín apenas repara en la puesta de Un nuevo adiós, de Allan Scott y George Haight, dirigida  en 1952 por un agregado  cultural  de la Embajada de los Estados Unidos, Walter M. Bastian,  en la sala del Ballet Nacional de la calle Quinta y E en el Vedado. La obra no tenía importancia, dice el director, pero sí la fórmula del “teatro arena” que les permitía romper con los grandes teatros y la función única al  experimentar con un espacio válido para las pequeñas salas. No habla del  reparto, pero sí del espacio escénico que utilizará dos años después en su puesta de Las criadas, de Genet. Sin embargo, la  novedad de un público alrededor de los actores desencadena al menos varios  artículos de Rafael Suárez Solís: “Verdad o poesía del teatro arena”, “El teatro arena sin pared de cristal”, “Otra vez el tinglado de la antigua farsa”, entre otros, que discuten y/o problematizan lo que según el director de la obra, fue  un apremio de la necesidad que condujo a Glenn Hugues, director del Departamento de Drama de la Universidad de Washington, a trabajar en esos escenarios  a finales de los cuarenta. En 1932 este director realiza el montaje de Espectros en la azotea de un hotel en Seatle y en la década siguiente, el teatro circular, modalidad que los cubanos adoptaron como “arena”, está establecido. Para Suárez Solís, la proximidad, el contacto y la irreverencia que provoca la cercanía del actor, es  la estética de los  escenarios de reducida tramoya de Shakespeare o los corrales españoles.
Para Myriam Acevedo, en sus  memorias (inéditas), no fue un montaje más. No sólo conoció al director en su estancia en los Estados Unidos, sino que la obra, presentada bajo el patrocinio del Patronato del Teatro, le permitió salir del encasillamiento.   “Yo fui una de estas víctimas: –escribe–:  dramática, seria, rara, excéntrica; la comedia estaba vedada para mí. Imposible concebir a la Acevedo en un personaje ligero, divertido, cómico.”  El Patronato no quería elegirla para el personaje pero Bastian la impuso.
Estrenada el 5 de diciembre de 1952, cuando Francisco Ichaso la reseña en “Un ensayo de teatro sin plataforma”, ha realizado once funciones debido a su éxito con el público, aunque el crítico apenas menciona a los actores del extenso reparto (Myriam la recuerda como una  obra de dos personajes, ella y Carlos Badías) pero sabemos cómo es de traicionera la memoria. Ichaso habla de  una taquígrafa “discretamente indiscreta”, un Badías muy natural y por supuesto, Adela Escartín, en un personaje secundario,  debe haber desaparecido la nota de su álbum de recortes. Myriam obtiene el premio Talía y en el acto de entrega “al subir al escenario, la falda espectacular que escondía un miriñaque monumental, una armazón enorme contrastando con mi figura que se diría anoréxica...”, la saya se enredó con un cable suelto.
Bartian murió en 1979,  a los ochenta años, después de una vida dedicada al servicio exterior. Realizó un master en Drama en la Universidad de Yale y fue profesor en Cuba, uno de sus primeros destinos diplomáticos.  La argentina revista Talía informó en 1953 que “se introduce en Cuba un nuevo estilo de teatro”.
Algún día se publicarán las memorias de Acevedo, los programas de Patronato se revisarán completos, alguien habrá guardado una fotografía...
Con otro  vestido de saya enorme, Myriam Acevedo   aparecerá en Las criadas, dirigida por Morín.

  
1. El reparto de Un nuevo adiós estaba integrado además por César Carbó, Conchita Brando, Carmen Scott y Armando Calderón.
Agradezco a Diana Caso García y Xerxes Carruana el acceso a las memorias de  Myriam Acevedo.
 Marcos Britos, investigador argentino dedicado a la reconstrucción de la labor del Fray Mocho, me facilitó la referencia de Talía.


3/23/16

Black Crook o Blas Cruz

 
He sabido que muchos colegas tienen internet en sus casas de Cuba y quiero presentarles la Flecha... más activa con unos apuntes de Cuba: actores del siglo XIX, título provisional.


En una línea de Los negros catedráticos, de Francisco "Pancho" Fernández, obra emblemática del bufo, la negrita Dorotea  presenta a su enamorado como "un tipo perfecto de galancito del Black Croook". [En la primera edición y la antología de Leal aparece así.] ¿Qué es el Black Crook? La compañía norteamericana llega a La Habana en enero de 1868, unos meses antes del furor bufo, aunque algunos lo castellanizan y hablan del Blas Cruz, grandioso espectáculo en cuatro actos, original de Charles M. Barras, mágico y elaborado, con un coro de muchachas ligeras de ropa.

¡Con que ¡ojo, ópera! ¡Ojo, circo de Albisu! ¡Ojo, Black Crook! ¡Ojo, poetas, ojo, actores dramáticos! [...] se trata de un espectáculo que consta de magníficos bailes, transformaciones sorprendentes por medio de una complicadísima maquinaria,  tramoya, cuadros plásticos, el diablo y la capa, en una palabra, el diablo representado por una veintena de muchachas admirablemente bonitas y ¡ay, me! y la capa... brillando por su ausencia en la representación. 

Felicia escribió sobre las adaptaciones escénicas requeridas en el escenario del Tacón y  “los mil y un cachivaches de maquinaria”. En realidad las  reseñas son muy restringidas y existió bastante desprecio de la prensa hacia un espectáculo musical  único con más de cien bailarinas que entre 1866 y 1868 ha ofrecido  475 representaciones en varias ciudades de los Estados Unidos.  Debuta en La Habana el 11 de enero. El 26 ofrecen algunas funciones en Matanzas. La propia Felicia escribe que nos inundará con "sílfides poéticas y magias fantásticas". Pero después de la primera función con La historia encantada, se comenta que era una bella pintura, como un tejido,  que despojado de sus   hermosas decoraciones y sus luces de bengala, quedaría reducido a una mala comedia de magia.  Es un  “entretenimiento entretenido para los ojos de la inocencia”. El localista cantinflea sobre las exigencias de la moral  y “su bombo de mutaciones deslumbradoras y combinaciones fantásticas de luces y colores” para afirmar que “es tanto lo que se abusa de lo aceptable en materia de “enseñamientos” que no es posible aplaudirlo  con la pluma, por más que cada uno lo aplauda pareciéndole poco todavía, en su calidad de espectador ansioso de emociones”. Lo problemático fueron "los enseñamientos".
Para  estas fechas han actuado en el mismo recinto agrupaciones norteamericanas llegadas de Nueva Orleáns, artistas afamados como el músico Gottschalk y quien después  será Adah Menken.

2/19/16

Una mirada a los artefactos

Las fotografías quedaron espantosas, pero valió la experiencia. Este blog se ve bastante bien en la versión para móvil –me he interesado por ella con bastante retraso– como también la página de las Ediciones de la Flecha, que necesita su buen remozamiento. En Kindle, cuyo buscador es Bing, las ediciones no existen sobrepasadas por el deporte del arco y la flecha, y por supuesto, ni intenté mirar el blog. Ya se sabe lo difícil que es posesionarse de un espacio en la selva no tan oscura de la internet. Por azar los artefactos están sobre mis notas de los periódicos de 1846. Confío  que «alguien» salve las entradas de alguna permanencia para después.


2/14/16

Bravo por Mialhe


En la búsqueda de imágenes de los actores de los años cuarenta del siglo XIX,  encuentro una curiosa polémica entre los redactores de dos periódicos a partir de la sexta entrega de Viaje alrededor de la isla de Cuba, de Federico Mialhe. El 26 de mayo de 1849, el redactor del Diario de la Marina, comenta sus bonitas láminas pero dice que no son "exactas" ya que a su juicio "alrededor" no se justifica para  referirse a estampas del  interior de Cuba y es más apropiado utilizar en ...  y que no debió llamarse "zapateado" a lo que en la isla es zapateo, ya que  zapateado es el baile provincial de Cádiz y zapateo, el  de la isla. Al parecer hay una nota de El Faro Industrial atacando al redactor del Diario rival, que lo llama  "el bravo" y el "colega erizo", que supone a Mialhe parte del diálogo. El Diario de la Marina vuelve sobre el tema. "No conocemos al Sr. Mialhe, pero sabemos que es extranjero y esta circunstancia le excusa de la falta de conocimientos de nuestros campos", explica en una segunda nota en que vuelve sobre los  reparos sobre el  título y la concepción de viaje y se adentra en sus objeciones a las láminas. Los guajiros no usan copa chata y de ala ancha, ni usan botines; el que está recostado, con blusa, no parece un guajiro sino francés, las guajiras no se prenden las sayas de esa manera, ni los hombres llevan el pañuelo en la cabeza ni se agarran los pies con cintas,  el zapateo no se baila como el rigodón ni hay perros galgo y perdiguero en los campos de Cuba. "La civilización no destruye las costumbres nacionales". El día 3 de junio el pintor escribe al  Faro Industrial una carta.  Se declara una víctima inocente, puesto que  juega un papel ridículo en la nota del Faro. 

"Soy del país de la crítica, he aprendido a respetarla, y estoy muy lejos de experimentar la susceptibilidad que usted me supone; si [la crítica] es justa me servirá de lección provechosa, si es pérfida e injusta la desprecio, pues cuento con el buen sentido del público y de mis amigos que me harán justicia; pero yo nunca intervendré en cuestiones de esa naturaleza". Dice que no se ha resentido por la crítica del Diario de la Marina...pues "aunque la crítica mortifique el amor propio de un artista, el que ama el arte por el arte no puede menos que someter pasivamente sus obras al juicio público". No ha formado parte del citado diálogo, el del Faro y espera  por la indulgencia del público.

Como se supone, casi no he encontrado imágenes de los actores –salvo  Mariquita Cañete en El Colibrí y un grabadito de Macalister– pero de vez en cuando, me divierto con los efectos secundarios de  la búsqueda aunque pueda ser del conocimiento de  los muchos estudiosos de la obra de  Mialhe.  El mismo criterio de verosimilitud se aplica por desgracia también al teatro.

Las notas en  el Diario de la Marina del 26, 31 de mayo y del 3 de junio de 1846.
La imagen esttá en Beinecke Rare Book and Manuscripts Library de la Universidad de Yale.

1/29/16

Quintero sin arrepentimientos I

Interior de la revista Tablas 1986
Acerca de un nuevo libro de Carlos Espinosa Domínguez.

Muchos  autores cubanos de 32 años tienen por lo general varios libros publicados  en las editoriales del país, pero se desconocen muchas  obras de los dramaturgos mayores, sobre todo, los despreocupados por el  destino de sus  piezas. No existe diferencia entre el aprendiz y el experimentado,  la edición teatral ha dado un vuelco de noventa grados  (para bien) pero  prodiga títulos de los más jóvenes, sin reparar demasiado en el pasado.  Una excepción es Héctor Quintero: un comediógrafo sin arrepentimientos, de Carlos Espinosa Domínguez (Ediciones Alarcos 2015) en el que Quintero, pausado y apacible,  ¿sentado en la comadrita de su casa del Cerro?,  entorno un poco kitsch como el de sus obras, conversa con el entrevistador sobre sus inicios, su concepto del teatro y las etapas de su trayectoria –Teatro Estudio o el Teatro Musical– en el que hubiese constituido un proyecto mucho mayor, interrumpido por la sorpresiva  muerte de Héctor. No había cumplido 69 años. Al leerlo me parece escuchar su voz de locutor radial (esa que aparece tantas veces en el cine cubano). Quintero le habla al entrevistador de  Ojos azules, "el teatro más baladí o más absolutamente intrascendente", estrenada en la sala Ciro Redondo en el año 60 o 61 e influida por el teatro comercial que había visto. Recuerda otra similar,  Habitación 406, dirigida por Miguel Montesco en la Sala Tespis en 1963. Dos obras escritas antes que Contigo pan y cebolla lo lanzara a la fama.

A pesar de que intuyo que una nueva sesión de trabajo hubiese revelado quizás  un Quintero más beligerante y Espinosa habría  sido tentado a hacerle  preguntas acaso más imprudentes, el testimonio no está trunco y Héctor está de cuerpo entero en su sentimentalismo y su verdad. “Me sentí un autor obsoleto”, dice con tristeza, ya que quien se sabía un “continuador de tradiciones”, vio la escena asaltada por tendencias a su juicio sectarias. Espinosa Domínguez hizo bien no sólo en recoger su testimonio sino en completarlo con las notas al programa de muchas de sus obras, con  valiosa  información, útil para estudiar  en especial textos irrecuperables como Algo muy serio o Chorrito de gentesss. El lector puede establecer el contraste en el programa de Sábado corto,  escrito cuando se sentía un autor amenazado y en peligro de extinción y el hombre sereno y confiado en el futuro que reflexiona con Espinosa Domínguez.  Una de sus mejores obras, Sábado...  escribe Héctor, trata sobre los “pequeños seres trágicos, la bata de casa y el café con leche, esa también poesía, de la cotidianeidad”.   Treinta años después, desaparecidos los gestos costumbristas, queda la soledad de Esperanza Mayor que a pesar de sus encontronazos con la vida, pregunta a su hijo con un candor patético " ¿Oye, por casualidad tú sabes que película echan esta noche en el Payret?”

Ediciones Alarcos, 2015. 118 p.