Ediciones de la Flecha

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12/10/17

Para Morín, mañana

Ha muerto Francisco Morín, me avisa Yvonne López Arenal, aunque desde la semana anterior, cuando el teléfono lo despertó y no me conoció, aturdido, sabía que algo andaba mal. Se dice en dos segundos pero terminan casi cien años. El vacío es insalvable. Acudí a él, ya lo he contado, por la revista Prometeo, que conseguí en fotocopias llegadas de La Habana y al fin existe digitalizada por  Miguel Sánchez León. Por desgracia, se ha recibido con indiferencia.
La revista pasó a un segundo plano en mi interés después de Los años de la revista Prometeo (2007). Para  El teatro perdido de los 50. Conversaciones con Francisco Morín (2011), fue laborioso lograr que hablara de sus montajes, quería conversar de los demás, y yo a mi vez me apuré porque quería que viera el libro que, como es natural, recibió con su acostumbrado escepticismo. Fue difícil.  Pero cuando lo creía decepcionado con el resultado, llegaron cargamentos: las anotaciones que usó para Por amor al arte. Memorias de un teatrista cubano, esas en las que se empeñó a pesar de que Roberto Fandiño, el editor, le decía que eso «se lo dejara a Rine Leal»  y al fin, a destiempo, las fotocopias de Prometeo de New York Public Library, con ejemplares que no tienen las de La Habana, pero sí  el compendio de Sánchez. Y en el camino algún libro, Priestley,  Ugo Betti, la biografía de María Casares, de la que fue un gran admirador, el libro de memorias de Buñuel que le regaló a Felipe.
Cartas, papelitos, pero sobre todo, fotocopias, recortes de prensa, la columna de Mario Parajón en Diario Las Américas,  y programas maltrechos de su trabajo en Miami y  Nueva York.  En los programas ha escrito con lápiz números de teléfono y en las fotocopias de las fotografías –que alguien le envió– anotó de su puño y letra los actores del reparto o algún otro detalle.  Aunque lo que más le gustaba era hablar sobre teatro y comentar el cine que veía en la televisión.  Hablar con él requería estar alerta, porque si le fallaba la memoria y no le venía el nombre en el momento, había que suplir ese vacío.

–Chica, una que es muy inteligente, que es un genio. (Pausa). Sí, la de los submarinos. (Pausa). Una que se desnudó en los treinta.

– ¿.... Hedy Lamarr? 
– Esa misma. Qué maravilla.

Cuando revisé el cajón y aproveché muchos de sus datos, me di cuenta de sus muchas anotaciones con diversas cronologías, de Prometeo, del Teatro Universitario y así... A medida que pasaron los años, Morín necesitaba esas certezas. Intercambió fotocopias con muchos que hoy no sé ni quiénes son. La más extensa correspondencia la sostuvo con Myriam Acevedo, a quien llamaba su «querida Aché» como le decía Ernestina Linares.

Tengo dos cartas suyas, un bellísimo echarpe que echó en el cajón, el recuerdo más allá de su voz  y el compromiso de terminar la segunda parte de ese libro con la polémica casi-completa de la Garrigó. Mientras reviso copias de copias que pasaron de mano en mano, desgastadas, La Habana atesora los originales. He visto  una bella fotografía con el reparto de la segunda puesta de Electra... Morín rodeado por Lilian Llerena y Elena de Armas. Pero él nunca las volvió a ver. Quise que El teatro perdido... contuviera esas fotografías, desvaídas y borrosas, por él y para recordar que la memoria no le pertenece a nadie y  debemos ser capaces alguna vez de reunir el archivo.

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